Tú y yo tenemos que confiar en que nuestra breve vida puede ser fecunda mucho más allá de los límites de nuestra cronología. Pero debemos optar por ello y confiar profundamente en que tenemos un espíritu que enviar que llevará alegría, paz y vida a aquellos que nos recuerden. Francisco de Asís murió en 1226, ¡pero sigue estando muy vivo! Su muerte fue un verdadero don, y hoy, casi ocho siglos después, sigue llenando a sus hermanos y hermanas, dentro y fuera de las Órdenes franciscanas, con gran energía y vitalidad. Murió, pero no murió nunca. Su espíritu sigue descendiendo hasta nosotros. Más que nunca estoy convencido de que, en efecto, la muerte puede ser elegida como don final de nuestra vida.