Cuanto mayores nos hacemos, más conscientes somos de lo limitados que estamos en nuestra capacidad de amar, cuán impuro es nuestro corazón y qué complejas son nuestras motivaciones. Y hay una verdadera tentación de mirar en nuestro interior y limpiarlo todo, y convertirnos en personas de corazón puro, con intenciones inmaculadas y amor incondicional. Esta intención está condenada al fracaso y nos lleva a una desesperación aún mayor. Cuanto más miramos en nuestro interior y tratamos de descifrarnos a nosotros mismos, más atrapados nos encontramos en nuestras propias imperfecciones. De hecho, no podemos salvarnos a nosotros mismos. Solo Jesús puede salvarnos. Por eso es tan importante alejar tu ojo interior de las complejidades de tu roto corazón y dirigirlo al corazón puro, pero roto, de Jesús. Mirarle a él y su inmensa misericordia te proporcionará la capacidad de aceptar tus propias imperfecciones y dejarte de verdad llevar para que la misericordia y el amor de Jesús cuiden de ti.Recuerdo que Thomas Merton escribió en cierta ocasión:«Dios es misericordia en la misericordia dentro de la misericordia». Esto quiere decir que cuanto mejor lleguemos a conocernos a nosotros mismos, más llegaremos a conocer la misericordia de Dios, que está más allá de la misericordia que nosotros conocemos. Liberarse del deseo de ser amantes perfectos y permitir que Dios ame a su pueblo por medio de nosotros, esa es la gran vocación espiritual que se nos ha dado a ti y a mí. Ahí, en el corazón puro de Dios, abrazado por su incondicional amor, encontrarás la verdadera alegría y la paz que tu corazón anhela.