Si es cierto que la soledad nos aleja de nuestro miedo y enfado y nos vacía para entablar una relación con Dios, entonces también es cierto que nuestro vacío proporciona un espacio muy amplio y sagrado donde podemos dar la bienvenida a todas las personas del mundo. Hay una poderosa conexión entre nuestro vacío y nuestra capacidad de bienvenida. Cuando nos desprendemos de lo que nos aparta de los demás -no solo bienes materiales, sino también opiniones, prejuicios, críticas e inquietudes psicológicas-, entonces tenemos espacio para recibir en él tanto a amigos como a enemigos.