Probablemente, en el cristianismo no haya una plegaria tan frecuente e íntimamente repetida como la oración:«Señor, ten piedad» […] Esta petición de misericordia significa reconocer que culpar de nuestras pérdidas a Dios, al mundo o a los demás no se ajusta completamente a quienes somos de verdad. En el momento en que estamos dispuestos a asumir la responsabilidad, incluso por el dolor que no hemos causado nosotros directamente, la acusación se convierte en reconocimiento del papel que jugamos en la imperfección humana. La oración que suplica la misericordia de Dios brota de un corazón que sabe que esa imperfección humana no es una condición fatal de la que somos tristes víctimas, sino el fruto amargo de la decisión humana de decir «no» al amor.