El poder curador del Dios eterno se nos hace visible a través de las formas rotas, vulnerables y mortales de ser.A diario somos llamados a presentar al Señor toda nuestra vida:nuestras alegrías y nuestras tristezas, nuestros éxitos y nuestros fracasos, nuestras esperanzas y nuestros temores. Y somos llamados a hacerlo con nuestros medios limitados, nuestras palabras tartamudeantes y nuestras expresiones vacilantes. De esta manera podemos conocer, con la mente y el corazón, la oración incesante del Espíritu de Dios en nosotros. En efecto, todas nuestras oraciones son confesiones de nuestra incapacidad de orar. Pero son confesiones que nos permiten percibir la misericordiosa presencia de Dios.