Estamos en soledad primero y ante todo para encontrarnos con nuestro Señor, y para estar con él, y solo con él. Nuestra primera tarea en soledad, por tanto, no es prestar una atención indebida a todas las caras que nos asaltan, sino mantener fijos los ojos y la mente y el corazón en él, que es nuestro salvador divino. Solo en un entorno de gracia podremos confrontar nuestro pecado; solo en un lugar de sanación nos atreveremos a mostrar nuestras heridas; solo con una atención exclusiva a Cristo podremos abandonar nuestros profundos miedos y afrontar nuestra verdadera naturaleza. A medida que nos vayamos dando cuenta de que no somos nosotros los que vivimos, sino que es Cristo quien vive en nosotros, que él es nuestro verdadero yo, podremos dejar poco a poco que nuestras inquietudes se disuelvan y comenzaremos a experimentar la libertad de los hijos de Dios. Y entonces podremos echar la vista atrás con una sonrisa y darnos cuenta de que ya no estamos ni enfadados ni ansiosos.