Puede que alguien te diga:«Tienes que perdonarte a ti mismo». Pero esto es imposible. Lo que sí es posible es abrir tus manos sin miedo para que aquel que te ama pueda hacer que tus pecados se disipen. Entonces esas monedas que considerabas indispensables para tu vida resultan no ser más que un ligero polvo que una suave brisa puede disipar en un torbellino, dejando solo una sonrisa o una risita floja. Entonces sientes una pizca de nueva libertad, y orar se convierte en una alegría, una reacción espontánea al mundo y a la gente que te rodea. La oración se vuelve fácil, inspirada y viva, o tranquila y serena. Cuando percibes los momentos festivos y los momentos de serenidad como momentos de oración, vas percibiendo poco a poco que orar es vivir.