Un don solo es un don cuando se recibe, y nada de lo que tenemos que ofrecer -riqueza, talentos, competencias o simplemente belleza- será nunca reconocido como don hasta que alguien esté dispuesto a aceptarlo. Todo esto sugiere que, si queremos que los demás crezcan -es decir, que descubran su potencial y sus capacidades, que sientan que tienen algo por lo que vivir y trabajar-, deberíamos ser capaces, en primer lugar, de reconocer sus dones y estar dispuestos a recibirlos. Porque solo somos plenamente humanos cuando somos recibidos y aceptados.