La soledad moldea a la gente satisfecha de su propia rectitud en personas amables, cariñosas, tolerantes, que están tan convencidas de su propio y enorme pecado y son tan plenamente conscientes de la aún mayor misericordia de Dios que su propia vida se convierte en ministerio. En este ministerio apenas hay diferencia entre hacer y ser. Cuando estamos repletos de la misericordiosa presencia de Dios, no podemos hacer nada sino ese ministerio, porque todo nuestro ser es testigo de la luz que ha entrado en la oscuridad.