24 DE ABRIL DE 2026

La soledad crea espacio para Dios

Llevar una vida cristiana significa vivir en el mundo sin ser del mundo. Es en soledad donde puede crecer la libertad interior. Jesús fue a un lugar solitario a orar, es decir, a crecer en la conciencia de que todo el poder que tenía le había sido dado; de que todas las palabras que pronunciaba procedían de su Padre y de que todas las obras que hacía no eran realmente suyas, sino las obras de aquel que le había enviado. En el lugar solitario, a Jesús se le dio la libertad de equivocarse.Una vida sin un lugar solitario, es decir, una vida sin un centro sosegado, se convierte fácilmente en destructiva. Cuando nos aferramos a los resultados de nuestras acciones como la única forma de identificarnos a nosotros mismos, nos volvemos posesivos y recelosos y tendemos a considerar a los demás seres humanos como enemigos que hay que mantener a distancia en vez de como amigos con quienes compartir los dones de la vida.En soledad podemos desenmascarar lentamente la ilusión de nuestra posesividad y descubrir en el centro de nuestro propio ser que no somos lo que podemos conseguir, sino lo que nos es dado. En soledad podemos escuchar la voz de aquel que nos habló antes de que pudiéramos pronunciar siquiera una palabra, que nos curó antes de que pudiéramos hacer cualquier gesto para curar, que nos liberó antes de que pudiéramos liberar a otros, que nos amó mucho antes de que pudiéramos entregar a otros nuestro amor. Es en esta soledad donde descubrimos que ser es más importante que tener, y que valemos más que los resultados de nuestros esfuerzos. En soledad descubrimos que nuestra vida no es una posesión que defender, sino un don que compartir. En soledad percibimos que las palabras sanadoras que pronunciamos no son solo nuestras, sino que nos han sido dadas; que el amor que expresamos es parte de un amor más grande, y que la nueva vida que creamos no es una propiedad a la que aferrarse, sino un don que recibir.
 

"He calmado y aquietado mis ansias. Soy como un niño recién amamantado en el regazo de su madre. ¡Mi alma es como un niño recién amamantado!"

Salmo 131:2 (NVI)

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