11 DE JUNIO DE 2026
Amamos porque hemos sido amados primero
La soledad es el terreno donde crece la comunidad. Siempre que oramos a solas, estudiamos, leemos, escribimos o simplemente pasamos un momento de tranquilidad alejados de los lugares donde interactuamos directamente unos con otros, estamos potencialmente abiertos a una más profundad intimidad mutua. Es un error pensar que nos acercamos más a los demás solo cuando hablamos, jugamos o trabajamos juntos. Es cierto que en esas interacciones humanas crecen muchas cosas, pero estas interacciones obtienen sus frutos de la soledad, porque en soledad se profundiza nuestra intimidad de unos con otros. En soledad descubrimos a los demás de una forma que la presencia física hace difícil, si no imposible. En soledad conocemos un vínculo con los demás que no depende de palabras, gestos o acciones, un vínculo mucho más profundo de lo que nuestros propios esfuerzos pueden crear […].En soledad nos hacemos conscientes de que estábamos juntos antes de reunirnos y de que la vida no es una creación nuestra, sino más bien una respuesta obediente a la realidad de estar unidos. Siempre que estamos en soledad somos testigos de un amor que trasciende nuestras comunicaciones interpersonales y proclama que nos amamos unos a otros porque hemos sido amados primero (cf. 1 Jn 4,19). La soledad nos mantiene en contacto con el amor sustentante del que sacamos fuerzas.Porque así dice el Señor omnipotente, el Santo de Israel:"En el arrepentimiento y la calma está su salvación, en la serenidad y la confianza está su fuerza, ¡pero ustedes no lo quieren reconocer!"
Isaías 30:15 (NVI)