9 DE JUNIO DE 2026
La soledad es el camino hacia la esperanza
Intuitivamente sabemos que es importante pasar tiempo a solas. Incluso empezamos a desear que llegue ese extraño tiempo de improductividad. El deseo de soledad suele ser el primer signo de la oración, la primera indicación de que la presencia del Espíritu de Dios ya no pasa inadvertida. Al vaciarnos de nuestras numerosas preocupaciones nos damos cuenta, no solo con nuestra mente, sino también con nuestro corazón, de que no estamos realmente solos, de que el Espíritu de Dios está siempre con nosotros. Y así llegamos a comprender lo que escribe Pablo a los Romanos:«La tribulación produce paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,3-5). En soledad llegamos al conocimiento del Espíritu que ya se nos ha dado. Los sufrimientos y dificultades que encontramos en soledad se convierten así en senderos de esperanza, porque nuestra esperanza no está basada en algo que ocurrirá cuando cesen nuestros sufrimientos, sino en la presencia real del Espíritu sanador de Dios en medio de esos sufrimientos. La disciplina de la soledad nos permite ir entrando poco a poco en contacto con la esperanzadora presencia de Dios en nuestras vidas, y nos permite también incluso saborear los comienzos del gozo y la paz que pertenecen al cielo nuevo y a la tierra nueva."¡Déjenlo estar solo y en silencio, porque así el SEÑOR se lo impuso! ¡Que hunda el rostro en el polvo! ¡Tal vez haya esperanza todavía!"
Lamentaciones 3:28, 29 (NVI)