19 DE FEBRERO DE 2026
Estar en casa
Crear un espacio para el otro no es tarea fácil. Exige una gran concentración y un trabajo articulado… De hecho, no pocas veces, la rivalidad y la competitividad, el deseo de poder y de obtener resultados inmediatos, la impaciencia y la frustración, y, sobre todo, el puro miedo, tienen sus propias y categóricas exigencias y tienden a llenar todos y cada uno de los posibles rincones de nuestra vida. El espacio vacío tiende a crear miedo. Mientras nuestra mente, nuestro corazón y nuestras manos estén ocupados, podemos evitar enfrentarnos a las desagradables preguntas a las que no solemos prestar demasiada atención y que no queremos que salgan a la superficie…Cuando pensamos en los lugares donde nos hemos sentido más como en casa, nos damos cuenta enseguida de que son aquellos lugares donde nuestro anfitrión nos dio la preciada libertad de entrar y salir en nuestros propios términos y no nos reclamó para sus propias necesidades. Solo en un espacio libre puede tener lugar la recreación y encontrarse la nueva vida. El verdadero anfitrión es el que ofrece un espacio donde no tengamos que sentir temor y donde podamos escuchar nuestra propia voz interior y encontrar nuestro propio camino personal de ser humanos. Pero para ser un anfitrión así primero tenemos que sentirnos en casa en nuestra propia casa.
La mujer le dijo a su esposo:«Mira, yo estoy segura de que este hombre que siempre nos visita es un santo hombre de Dios. Hagámosle un cuarto en la azotea, y pongámosle allí una cama, una mesa con una silla, y una lámpara. De ese modo, cuando nos visite, tendrá un lugar donde quedarse».
2 Reyes 4:9,10 (NVI)