28 DE JULIO DE 2026
El divino don de la unidad
Jesús ora por la unidad entre sus discípulos y entre aquellos que por medio de sus enseñanzas llegaron a creer en él. Dice:«Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti…» (Jn 17,21).Estas palabras de Jesús revelan que el misterio de la unidad entre la gente no es ante todo el resultado del esfuerzo humano, sino más bien un don divino. La unidad entre la gente es un reflejo de la unidad de Dios. El deseo de la unidad es profundo y fuerte entre la gente. Es un deseo entre amigos, entre personas casadas, entre comunidades y entre países. Dondequiera que haya una verdadera experiencia de unidad hay un sentimiento de don. Mientras la unidad satisfaga nuestra necesidad más profunda no puede explicarse por lo que digamos o hagamos. No hay una fórmula para la unidad.Cuando Jesús ora por la unidad, pide a su Padre que los que crean en él, es decir, los que estén en plena comunión con el Padre, formen parte de esa unidad. Sigo constatando, en mí y en los demás, que con frecuencia tratamos de conseguir la unidad entre nosotros centrando nuestra atención unos en otros y procurando encontrar el lugar donde podamos sentirnos unidos. Pero a menudo nos desilusionamos al darnos cuenta de que ningún ser humano puede ofrecernos lo que más queremos. Esta desilusión puede hacer que nos volvamos amargados, cínicos, exigentes e incluso violentos.Jesús nos pide que busquemos nuestra unidad en él y a través de él. Cuando dirigimos principalmente nuestra atención interior no entre nosotros, sino a Dios, a quien pertenecemos, entonces descubrimos que en Dios también nos pertenecemos unos a otros."No cuentan la fuerza ni la riqueza, lo que cuenta es mi Espíritu dice el SEÑOR todopoderoso."
Zacarías 4:6