8 DE MAYO DE 2026
Cuando no tenemos nada que perder
Cuando nos sentimos solos, tenemos una necesidad tan grande de gustar y ser amados que nos hacemos hipersensibles a las numerosas señales que hay a nuestro alrededor y nos volvemos fácilmente hostiles a cualquiera que notemos que nos rechaza. Pero una vez que encontramos el centro de nuestra vida en nuestro propio corazón y aceptamos nuestra soledad no como un destino, sino como una vocación, somos capaces de ofrecer libertad a los demás. Cuando abandonamos nuestro deseo de autorrea- lizarnos por completo es cuando podemos ofrecer espacio a los demás. Cuando nos hacemos pobres es cuando podemos ser buenos anfitriones. Esta es realmente la paradoja de la hospitalidad:que la pobreza nos hace buenos anfitriones. La pobreza es la disposición interior que nos permite despojarnos de nuestras defensas y convertir en amigos a nuestros enemigos. Solo vemos a un extraño como enemigo cuando tenemos algo que defender. Pero cuando decimos:«Por favor, entra:mi casa es la tuya, mi alegría es la tuya, mi tristeza es la tuya y mi vida es la tuya», entonces no tenemos nada que defender, porque no tenemos nada que perder, sino todo para dar."Él dirige en la justicia a los humildes, y les enseña su camino."
Salmo 25:9 (NVI)