Cuando Dios se ha convertido en nuestro pastor, en nuestro refugio, en nuestra fortaleza, entonces podemos tenderle la mano en medio de un mundo fragmentado y sentirnos como en casa, aunque aún estemos de camino. Cuando Dios mora en nosotros, podemos entrar en un diálogo sin palabras con él mientras seguimos esperando el día en que nos conducirá a la casa donde ha preparado un lugar para nosotros (Jn 14,2). Entonces podemos esperar, aunque ya hayamos llegado y podemos pedir aquello que, sin embargo, ya hemos recibido. Y entonces podremos reconfortarnos unos a otros con las palabras de Pablo (Flp 4,6-7):Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y en la súplica, con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios. Y la paz de Dios, que supera todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.