1 DE OCTUBRE DE 2026
La libertad de los hijos de Dios
Somos personas con miedo. Nos asustan los conflictos, las guerras, el futuro incierto, la enfermedad y, por encima de todo, la muerte. Este miedo nos arrebata la libertad y da a nuestra sociedad el poder de manipularnos con amenazas y promesas. Cuando conseguimos alcanzar, más allá de nuestro miedo, a aquel que nos ama con un amor que ya estaba aquí antes de que naciéramos y que seguirá aquí después de que muramos, entonces ni la opresión, ni la persecución, ni siquiera la muerte podrán arrebatarnos nuestra libertad. Cuando hayamos conseguido comprender profundamente -comprender más con el corazón que con la mente- que hemos nacido por amor y moriremos en el amor, que cada parte de nuestro ser está profundamente arraigada en el amor y que este amor es nuestro verdadero Padre y Madre, entonces todas las formas de maldad, enfermedad y muerte perderán el último poder que tienen sobre nosotros y se convertirán en recordatorios, dolorosos pero esperanzadores, de nuestra verdadera infancia divina. El apóstol Pablo expresó esta experiencia de completa libertad de los hijos de Dios cuando escribió:«Estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom 8,38-39).«Antes de formarte en el vientre, ya te había elegido; antes de que nacieras, ya te había apartado; te había nombrado profeta para las naciones».
Jeremías 1:5 (NVI)