20 DE SEPTIEMBRE DE 2026
Un nuevo enfoque de la madurez
Siempre que estoy en un entorno nuevo y extraño me encuentro con las mismas preocupaciones. En particular, sigo experimentando el aislamiento como una experiencia que no se va atenuando, sino que cada vez aumenta más. Hacerse mayor hace que la experiencia de la soledad, del aislamiento, sea cada vez más familiar -quizá simplemente por la mera repetición-, pero esto no la hace menos dolorosa.De modo que, quizá, la cuestión no es cómo afrontarlo mejor, sino cómo permitir que mi inmutable carácter se convierta poco a poco en una manera de humildad y de entrega a Dios. Al aceptar tanto mi miedo a estar abandonado como mi deseo de sentir la pertenencia, puede que abandone poco a poco mi intención de llenar mi soledad y me prepare para percibir con todo mi corazón que Dios es Enmanuel, «Dios con nosotros», y que pertenezco a él más que a nada o a nadie.También puede surgir un nuevo enfoque de madurez; no un enfoque según el cual soy cada vez más capaz de enfrentarme a mis propios sufrimientos, sino uno en el que estoy más dispuesto a dejar que sea el Señor quien se haga cargo de ellos. Después de todo, la madurez, en un sentido espiritual, es una creciente disposición a tender mi mano, a que me ciñan un cinturón y me lleven allí donde no quiero ir (cf. Jn 21,18)."Por tanto, no nos desanimamos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día tras día. Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento."
2 Corintios 4:16,17 (NVI)